EL
ARTE DE LEER
¿A
qué habría un poeta de describir, hoy, si la tarde es espléndida, si es típica
de la londinense llovizna y niebla o si es de garúa peruana, cuando el ambiente
del momento es apenas una confusa mixtura de fuerzas que van y vienen sin temor
ya de chocarse, de tenerse que disculpar por alguna torpeza; y mucho menos, si
ni siquiera puede decirse que ese ambiente en el que ahora se debate es una
concurrida calle del Bronx neoyorquino, ni siquiera alguna vecindad
medianamente decente de las chabolas españolas, sino, simplemente, y eso casi,
una semejanza de la bogotana onda barrio Venecia, con las caras, las decencias
y las mentes hundidas en ese adminículo que hace a la vez de brújula, bitácora
y bajel ligero?
Vamos
a suponer que ese poeta se ha metido en uno de esos lugares cosmopolitas, pero
en provincia, que puede fungir de templo a los dioses de la impersonalidad,
lugares inmensos en donde al abrigo de una café barato o una cerveza tibia con
solo salir del frigorífico, cada cual monta su tenderete de circo al que sólo
prestan atención aquellos que, no importa si es una invitación o una simple
confluencia de almas que se interpenetran por una simpatía, por un interés
común, por una mutua atracción inexplicada que quiere dilucidarse y, a veces, por el simple hecho de que afuera el
frío glacial de indiferencia congela todo ánimo, de modo que apretujarse por un
rato, halándose la comodidad desde muy sutiles y gentiles manos que, bueno, a
veces encuentran recodos prohibidos donde darse un calentón.
Pero
resulta que si este poeta, aunque no importe si el sitio está más bien desolado
y el ambiente desangelado y, para él, cómicamente cínico, que impone esa chica
de, para que negarlo, hermosa estampa, sentada a una mesa contigua con su cuerpo
enfundado en telas que sólo permiten pensar en un buceador de la sensualidad
–ay, pero su neopreno lamentablemente pobre-, con su escote de tetitas de perra
usada y su voz que con gran despliegue histriónico habla a múltiples
interlocutores desde su pantallita pretendiendo contar y confutar a todos: whats-that-buzz/say-us-what-it’s-the-happening,
con su voz recién saliendo de la última esnifada que acaricia el aire con melifluos hola lindo, qué rico saber de ti. Por’fa no me olvides; mándame toda la
información que puedas, los nombres de las chicas que participan en el evento
para subir a redes sociales; un beso. Hola, loquilla, ¿qué, ya estamos de
nupcias? un beso; llama. Mi procurador hermoso –que luego será mi juez- perdóname el silencio, pero ahora mismo estoy yendo a cambiarme para un
casting; estamos hablando. Lo que
importa es que este poeta está hablando con otro poeta; es un poeta invisible
pero es un poeta laureado y, ahora mismo, le está espetando un rabioso libelo:
-
¿Sabes lo que creo?: Creo que eres un
estúpido pretencioso con ínfulas de célebre. Claro, sólo fue encontrar un grupo
de estúpidos que hicieran eco y ya empezaste a darla.
El
otro calla y parece decirle con su estampa ciertamente cínica de uva pasa
puesta en un espejo de cristal de roca que no es más que pulpa de celulosa, con
su pucho puesto entre unos dedos de gesto afectado, «Qué risa; típico, el nombre de un poeta: De’Una». El hecho de que
su rabioso detractor no deje entrever su malestar y, en cambio, que saboree la espuma de su cerveza y
otee la calle desde los cristales amplios donde la idea es mirar y ser mirado,
no impide que, para un observador hipotético y avisado –al fin que unos ponen
más atención que otros al hecho de que se nos observa siempre y desde múltiples
ángulos-, su gesto de rasguñar ansiosamente la etiqueta de esa botella que por
el precio de US$ 1,05 ofrece una muy buena y equilibrada dosis de alcohol y
cebada en imitación litro y que una de las boronas sea lanzada con desdén hacia
la ventana donde justo ahora, enfrente, se proyecta un doppelgänger de la que con su maraña de pelos teñidos -¡ahora de
rojo encendido!-, su nariz chata, su boca de deliciosa cerdita y silueta
regordeta, le viene trabajando el coco, más de un año ha, desde una ciudad
cercana que virtualmente puede estar en los putos infiernos fake y vergajos, tampoco impide que se
percate de que la cacareada impersonalidad es apenas un burladero al asedio de
la realidad.
-
Qué risa la mía -vuelve y le increpa y
arremete-, es aceptado que, según algún crítico de los que conocías tan bien:
«Cuando un crítico
describe un libro como “honesto”, uno sabe inmediatamente que: a) que está lejos de ser sincero (que es
siniestramente insincero), b) que
está mal escrito. Pero en todo caso, la honestidad, en sentido propio –es
decir: la autenticidad-, es, o debe ser, la principal preocupación de un
escritor. Ningún escritor es capaz de determinar cuán buena o mala es una de
sus obras; sin embargo, siempre puede saber –quizá no de inmediato, pero sí
bastante pronto- si algo que ha escrito
es auténtico –en su caligrafía-, o una
falsificación»
dice que pareces seguir a tu
querido Kierkegaard “primero se vive de acuerdo con la estética, después con la
ética y finalmente con la religión” y yo digo que así es como proyectas tu ser
maricón e hipócrita de inglés mierdoso adoptado por la civilización made-in-ku-klus-klan y te regodeas
lanzando máximas del evangelio poético…
Y
el poeta DeUna, que no se arredra ante la figura hierática a la cual se suma
ahora la figura bonachona pero ostentosa del dueño del local quien, en compañía
de unos alternantes que “nada que ver” y,
no obstante, mucho que concitar (por ejemplo que es bueno tener relaciones
cordiales con vecinos de orden comercial) al calor pendejo de una cerveza, en
el sitio de la damita comienza a llevar las riendas del corcel que por ahora no
es de nadie pero en algún momento tendrá que definirse, no en una pantalla
oficial de ningún Fox’news ni CNNñol si perro chandoso, rabioso y spanniel, acaso cimarrón rudo con
aspavientos de creol, pero ni modo que se vaya a saber si de pura sangre o de
simple cargador…pero, qué mierda, es que vos, qué, predicas como un maldito que
una vez puesto el telón modesto y humilde, sacas el edredón de rey persa
después del almuerzo, no del banquete, esas son palabras para un verdadero
anfitrión: “La conciencia social es más
peligrosa para un escritor que la codicia. Moralmente es menos desconcertante
que lo engañe a uno un viajante que un obispo” Y luego: “El único tipo de discurso que se asimila al
ideal poético simbolista es la conversación de sobremesa, cuando el significado
de las banalidades que se intercambian dependen casi de las
inflexiones de la voz”. Como quien dice ya
podemos adivinar de las deliciosas viandas que sembramos en nuestros intestinos
las flores que nos esperan. Pero, ¿en realidad querías decir algo? o eran
sólo aspavientos de un niño malcriado. Ni la misma flema inglesa sabía
interpretar lo que realmente estabas poniendo en liza; También por estos lares,
pese a la época, como en la sociedad de la que pretendías hacerte adalid, lo
que conseguiste por cierto y de muchas inteligencias snob de la época, primero
la religión con su miedo, luego la ética con su cada tiesto con su arepa y por último la estética con su disimulo
de buen gusto. Y entonces estéticamente hacías el héroe; disentías amorosamente
de quien te puso en la mesa T.S. Eliot; merchandising
para masas selectas en su más fina elocuencia. Y así, todos, ¿No necesitó
el humilde Jesús del doctor Saulo para impulsar la empresa de su iglesia? pero
él no tuvo que amasar una cuenta torcida –a menos que lo hicieran sus asesores
de los siglos- ni tampoco dilapidar los dracmas de la hipocresía, le bastó con
sus escritos en la arena que no quiso leer una pobre puta; claro, el resto es
como lo tuyo, la leyenda. Agradecer que vos te encontraste a Eliot y te editó y
corrigió, independientemente de si os hicisteis una paja juntos alguna “fue una noche de copas una noche loca” con
el consiguiente barrer bajo el tapete la angustia y la vergüenza; el pobre Thomas
Stearns. Pero es cierto, eran otras épocas, ahora se puede ser menos gazmoño
aunque se pierda mucha estética. ¡Deja de mirarme así, hombre!, sí, cómo negar
que teníais buen gusto; que la Balada de Alfred Profuck (sic) tendría que
conmover a cualquiera que tuviese un poco de sensibilidad entre su estrechez de
miras y su poca tendencia a tenerse por muy amigo de los libracos y sus
vedettes…
Si
DeUna, nuestro poeta, ahora parece llevarse los dedos índice a las orejas, quizás
no sea tanto porque no quiera seguir escuchando el ruido de fondo de la mesa de
enseguida; se tendría que tener por impecable el hecho de que el dueño del
local es un hombre afable, de risa franca y palabras consideradas que conversa
con sus contertulios de cosas como las argucias de los bancos para quedarse con
muy buenas tajadas, igual que los estafadores finos que no parecen estar
pidiendo limosna, sino, al contrario, estar entregando dádivas; no importa, ni
a él ni a nadie, si acaso al perro Estado, si es uno de los soldados que se
encontró una guaca, o si es un ex-asaltante de bancos o coronó fronteras de
imperios paganos o, simplemente, que ese estigma de moler duro bajo el sol dejó su impronta y que ahora vive con sus
hijitos y les da una educación de altura (bueno, aunque ya no sea clásica por
más que si lo sea el acercarse ahora su linda y joven esposa, saludar a sus
amigos y retirarse discretamente a sus aposentos); ¡ah!, que aunque no tenga
los predominantes rasgos negroides o indígenas, es de la misma ralea, ¡déjate
de joder, hombre!, Anude, porque ese es tu nombre, no? Hmmm, Auden; ¡respeto;
eso es puro pasado!

Tampoco
es que se esté volviendo del todo majareta este poeta, aunque, un poco, puesto
que ahora se saca uno de los tapones de los oídos y parece querer
introducírselo a su compañero de mesa. Te
fuiste/y sólo me dejaste/amor y deudas... Oh, parrecer gud. African raitman.
Quizás este si te parezca. Es un tal Octavio –se ríe mirándole francamente y
con cierto encono- y, aunque no sea romano si es muy probable que aquilino de
rasgos morfogenéticos y psíquicos. ¡Qué bueno!, un hombre premiado y
reconocido, que está promoviendo a los talentos raizales; que además de tener
mundo y contactos tiene cultura; es un hombre con te-torta, perdón, te-trato,
quiero decir te-harto, te-a-tro.
Excúsame un momento.
Ay de mí, muchacha,
yo, amante de las cosas finas,
poderte mirar por donde orinas.
Estar los dos, juntos
si lo permitieras, dios
de las pobrezas
en el paraíso,
tumbados,
de la conciencia
sin los afanes de los estratos
que el estrato trato
que el estrato moral
que el estrato calzones
para poder llegar al punto
donde se encuentran todas las
razones.
Son
versos malos, hay que reconocerlo, pero pegan aunque se pueden acusar de
facilismo, tan distinto de, si dijéramos, hecha la salvedad de que se ha improvisado,
debido a que una muchacha llega intempestivamente a la mesa donde hace unos
minutos el patrón hacia oral-literatura:
Ay de mí, muchacha,
yo, amante de las cosas finas,
poderte mirar por donde orinas.
Y, ya que de enfado sorprendida
me miras,
permitieras pulir el diamante de
tu sonrisa;
¡qué importa!, si viendo mover
mis labios
nos imaginas, a los dos juntos,
tumbados
en una pradera de la fantasía,
jugando juegos inocentes de
cuando todavía
no caía la hoja de parra a servir
de juez
y puerta a la que llaman mis
dedos,
tranquilos pero adentro una
tormenta
vecina de sangre avisando que
viene,
enemiga y sin parar el sol que
cae de lleno
sobre esa rosa suave y tibia y,
¡oh!
que el juego ya entró en furor y
miras
con entornados ojos
como mira el silencio absorto
y el mismo viento que se ha
quedado quieto,
mudo en una telaraña inadvertida
¡¿un enemigo?!
pues ya se va alzando el puente
levadizo
que hundido en un valle de paz
dormita
y tú, mirando, ahí, el héroe en
medio del fuego
nutrido el ejército de invisibles
hormigas
mordiendo todo, invadiendo todo,
cegando todo;
de modo, que como nube protectora
del cielo
la cueva de la sin hueso se
precipita, valiente
y ¡ay, no sabemos!...
El telón cayó, muchacha
y solo aparecemos tú, yo, tirados
amarrados de pies y manos
por unas cuerdas que llaman
ropas,
pudor, decencia, prudencia de
humanos.
Sí, es banalidad de época, pero también es
sofisticación erótica, diferente de eso otro que suena en el ambiente, perrea, mami, perrea, mientras me miras
con aire complacido siguiendo el ritmo y sin dejar saber, aunque yo creo que si
–es algo nuevo para tu gusto pacato- te gusta o si me estás acusando; a lo que
respondo:
Pues, sí, estamos retornando a lo
griego, si lo prefieres (y eso que tu gesto desdeñoso y
considerado al tiempo -sólo he leído hasta Hacer,
conocer, juzgar sin llegar a Nosotros
y los griegos– me absuelve) pero
tenemos las lentes de la consciencia con el foco bien abierto; sólo estamos
esperando que las malditas telarañas de la civilización no se sigan obstinando
en pegarse al objetivo. ¿Que el ideal clásico que encarnáis en vuestra flema,
tradición e historia sigue siendo el objetivo? Entonces, ¿qué dirías si te
aseguro que mientras vosotros dormíais la pesadilla victoriana, de la que
medianamente saléis, ellos, los clásicos
orientales, caldeos, egipcios, paganos venían a descansar sus maltratados e
incomprendidos espíritus en nuestra América=Era-mi-cama)…
Oiga,
pues: “Que no somos ningunos bobitos; que los conservadores son ellos, los de
Medellín –quieren conservar para ellos todo el mercado con sus modos taimados y
chapados a la antigua-; que tenemos a Octavio Escobar Giraldo con un mercado en
Europa; que Adalberto Agudelo Duque se cansa de ganar premios sin que lo
reseñen los grandes medios…”
¿Que
cuál muchacha si el patrón sigue ahí con su tertulia? Pues, sí, tenés razón; es
que como el maldito doppelgänger aquel
se quedó, eternamente, en el disimulo de esperar un bus y, luego de encontrarse
con una bella muchachita adolescente a la que abrazó y besó con gran efusión y
que revivió una vieja sospecha incestuosa de la que se protegía en un uniforme
espléndido de porrista que le proporcionaba su propio padre, llegó la que me
improvisó –estalló, quiero decir- en la cabeza los versos de arriba y se situó,
tres mesas enfrente, con ese rostro divino, ciertamente tocado de una divinidad
al tiempo del candor, de la sensualidad, del espíritu, de la dulzura con
pústulas incomprensibles de las que el acné dice que hay una inevitable
corriente subterránea que se debe dejar correr por los canales propios,
aquellos que construyen la pica y pala de la reflexión, de la convicción
natural, tan griega ella, de que una cosa es la hybris, la desmesura que puede acabar con la especie y otra, la
misma, la soberbia con que un individuo puede asumir su equilibrio de fuerzas
sin que los dioses de ninguna catedral, como no sea la de la naturaleza, que
también sabe cuestionarse y conducirse, de manera ciega, para fructificar en
eso que llamamos armonía y que luego convertimos en número y en música y en mil
rizomas de idea…en fin, que la tragedia de la culpa viene desde el mismo errado
principio de interpretación de la partícula…y que esa “probada” necesidad de
felicidad a costa de la dicha verdadera, esa que te entrega el dinero y la
reputación y los honores y el aprecio y la libertad atado a la ligadura de la
apariencia, de la moral intachable, de la ley promulgada por hombres, de la
obediencia a máximas sin reflexión, es la misma por la cual se llega a la idea
de que la naturaleza es tan sabia que puede llegar a actuar como una loca que
pone la inteligencia, la prudencia, la fuerza en aquellas mujeres que no pueden
brindar la dicha verdadera, sólo para ser el sostén de ese espejismo llamado
civilización y que aprisiona bajo sus supuestos cimientos el cadáver imposible
del amor. Por lo cual, ante la imposibilidad de aguantar esa visión maravillosa
ahí, al alcance de la mano, empero inabordable, me levanto para sentarme a sus
espaldas y donde en un minuto llegaran tres viejas emperifolladas que
titubearan un poco antes de decidirse a entrar y mortificarme con sus maneras
de intercambiar el aire y el “como si” de sentirse cómodo.
Acaso
sea por eso que me dices, apreciado tomo “El
arte de leer”, publicado por la presidencia de la república para su plan de
más de doce –como si dijese cedo- millones de libros para que todos aquellos
que saben que hay un mundo maravilloso de esperanza que cuesta mucho dinero procurarse,
lleguen y… con tu cara de poeta: ¡¿Qué,
me quieres aleccionar o me quieres
coger?!
A
lo que uno sólo puede responder con un borrador de:
NUEVOS
PROVERBIOS PAGANOS
La
aristocracia del débil es la vulgaridad,
la
vulgaridad del aristócrata es su serenidad,
la
seriedad el arma del timador,
la
risa es del cínico su seguro,
los
modales son los hilos del ricachón
donde
el pobre enreda sus sencillez
y
su dibujo el trampolín donde la mica
hace
sus malabares
que
no nos hablen de
a nosotros los sinceros
que
siempre somos los primeros
en
quedarnos solos
a
tomar el té con la verdad.