martes, 12 de junio de 2018

SUPERFICIE



SUPERFICIE


-        Mira, esa debe ser una monjita hippie
-        ¡Pero, qué dices!
-        Todo el tiempo está mascando chicle
-        ¡Ay, papá!
-        No pasa nada, tu tienes gustos, yo tengo opiniones
-        Esa no es una opinión... a veces pienso que, aunque te desconozco y te veo poco, ya te abrí la tapa de los sesos; estás muy loco.
-        Respecto de lo-s-esos, tienes razón, desde que naciste; y,  es que también a la monjita le abriste los hábitos?
-        Bah, ¡hábitos!, para lo que hay que ver.

    La mujer ya empezaba a mostrarse con ganas de ser hostil. Tanta gente con ganas de pasársela bien porque sí.
-          Ahí es donde fallas.
-          Los gustos y las opiniones tienen un punto de convergencia indisoluble.
-          No, gracias.

     Y los miraba con ese aire medianamente educado que quería decirles: ¡qué van  saber ustedes de acuacultura y escuálos!. Le respondió la mirada imitando el gesto natural de caballa que a falta de cardúmen se aseguraba de peinar entre los dedos, con un gesto de falsa distinción, sus mechas color metálico que los atunes seguramente habrían denostado, aunque, para redondear, se fijó en que sus ancas vendrían bien en la mano por debajo del mantel de un restaurante gourmet y siguió como si tal cosa. Se sacó alguna cosa de entre las encías.

-        Entonces no te gustó
-        Los tiburones también pueden ser tiernos
-        No son tiburones
-        Podría ser mi novia – y, haciendo caso omiso de los carteles «Favor no tocar las peceras» se puso a dar golpecitos suaves con la única uña salida de madre, como si se preparara a oprimir el gatillo.

     Las cabeceadas incluso después de ir lejos de la puerta, haciéndole pistola y sacándole la lengua a la dependienta no realzaron en lo más mínimo sus insignificancias ni  demeritaron la alcurnia de semejante mole tan fatua de modas, colores, modales, pedazos de logos para llevar incluída la foto completa del monstruo: la marca. La marca que se reproducía ávida y se autodividía en multitudinarias copias que cambiaban de color de piel, de jean, de corte de cabello, de perfume, de movimiento de los tentáculos secretos. La gran superficie.

-        Te la dejaría para que me la devolvieras después
-        Pues, a la final me antojaría de un menáge a troís.

     No sabía cómo acomodarse con  esa actitud entre melancólica y  maliciosa con que acariciaba el vaso de cartón y cuando se fijaba, con ironía, cuando posaba sus ojos en los de su padre, en la marca Starbucks. Era infinitamente mejor el café Valdés, o el de cualquiera tienducha, allá afuera. Los ojos y las sonrisas parecían deambular sonámbulos delante de vidrieras y graníticos gestos que pretendían distinguirse de lo obvio, de las alegrías fáciles, contento de criatura al sol mañanero. Las travesuras de los niños arrancaban a los mayores de las sesudas sesiones inter-miradas que barruntaban mutuamente acerca de clases, billeteras, inteligencias, intenciones; con sus manitas gozosas mostraban maravillas coloridas que los lanzaban al espacio o les daba poderes sobrehumanos y preguntaban por sofisticada basura: Narguiles, juegos de perversión, cajas para picar hierba, folletos macabros de tattoo. Una tragedia sórdida se gestaba entre la aparente serenidad de miradas chocando. Una cosa era sentirse en un trono por estar sentado, con la vida organizada y los bolsillos llenos, mirando desfilar súbditos y lacayos; imbéciles. Y otra hacer el mal teatro de comportarse como si nada en donde se siente que sobras.   
 
          -  Lo siento, no quisiera tener qué vérmelas con los comisarios del gusto
          -  Bah, Kant. En el fondo sólo tienes prejuicios
          -  Y un corazón
          -  No te me vayas por las ramas.

      Parecía querer destripar todos esos pepinos que pasaban. ¡¿Qué,quieres que te firme un autógrafo?!

-        Mírate esa mirada de pena. Me desprecias y te avergüenzas de mí
-        ¡Calmate! Tú te lo buscaste. Esa gente no te debe nada .

     Aceptaron el reto de mirarse con intensidad; como desde que era una niña. Después habían pasado a esos intercambios de energía y creatividad elegante con la lengua. Parecían deslizarse por un tobogán de nieve sólida que iba a dar a una tibia piscina. Pero la pobre abeja cuyas patas trabajaban el polen de esa flor niña ya no intentaban llevar ninguna dulzura a la colmena. Que se queden en su sitio las secretarias, las obreras y las reinas, y los zánganos, que luchen por su sobrevivencia. La diferencia entre la clase y la distinción. Era cosa de especialistas. Ella tenía clase; pero no era ella.  Lo-que-hace diferenciarse; lo-que-se-sale de la horma: C-L-ASE. La distinción, esa agua picha de menjurjes y modales; esos dedos parados y esas salidas de la lógica del trato: Punto, no me gusta. Una mujer se alejó disgustada arrastrando a la criatura de dos años que se acercó con miradas sonrientes y curiosas. Qué le vamos a hacer, los árboles tienen ramas; y a las ramas bajas las motilan, las manosean, las usan, las desprecian los micos para balancearse en ellas. Balancéate en mi rama, mica, no importa que se rompa, pero no la ignores.

     Volvió a mirar el dedo aquel, repetido en sentido diestro y siniestro. Las otras uñas eran tan minúsculas y limadas que daban pena. Sólo las arpías transparentaban su brillo, las otras se mantenían en su natural neblina. 

-        Eres tú y el interés. Eso no es Kant
-        Eres tú y tu libertad. Eso no es ninguna genialidad.

     Confirmó que para ella era un caso perdido cuando posó la palma de su mano suave en la cara de oso hirsuto y se levantó para observar, allá abajo, en la piscina del anfiteatro del edificio de siete vueltas en espiral, con una punta en el extremo que hacía de antena y pararrayos; una bella punta de lanza para que los ángeles de Dios ensartaran el ojo del culo; buena suerte; en el exterior la arquitectura de los materiales flexibles había hecho un paraíso de tumores del cáncer de la extravagancia: Ojos brotados cuya retina plástica quería abalanzarse sobre la avenida con sus destellos y escotillas para mirar el hormigueo. Un pezón generoso se acomodó de nuevo en su cama de algodón y encaje tras recoger el móvil (¿el móvil? Y uno que imaginaba que el móvil de todo era lo de bajo las cobijas). Sonó la característica campana de las cinco de la inmaculada. Dos raperos con crestas de gel y Adidas falsificadas se volvieron: Mami, tu eres un hada/ eres grande y alta como la ola de una culeada.

     Regina -llamó sin atender los altavoces que llamaban desde abajo: Acérquense,  amables clientes. El supermercado X quiere entregar ahora sus ofertas. Recuerde que por su compra superior a $ 250.000 usted tiene derecho a participar en la rifa de este fabuloso Renault F5. No, no es la tecla de ayuda, es la fórmula de una belleza que usted nunca se va a encontrar tanto en la pìsta como en las fiestas ¿No es una preciosura?

     Sintió como si arrastrara algo cuando se acercó y la tomó por la cintura. Ya  habían conversado mucho sobre el asunto. Tomó el nombre de Aurática a secas para que se le acabara el cansancio de que la gente la llamase tan ordinariamente: Regina. Rejina, como si una reja de pronto se hubiese vuelto especial, Yo lo confundiría con lunática, había dicho él mientras meneaba la cabeza, Auris Regina. De abajo parecía emerger una mano de energía. Re-gina de re-virgencita, por contra de Auratic's Regina como figuraba en las tarjetas de crédito que ya había obtenido con su profesión de secretaria bilingüe  y que en ocasiones le exhibía a sus narices para que estuviese tranquilo. Ella se sacó uno de los audífonos: July morning, Uriah Heep. Y pensar que era sólo retórica vestida de payaso, le dijo.
-        ¿Más café?
-        Antes de que saque mi petaca.
     La vio fundirse con la marea; meneaba los preciosos corceles de su cabello negro que de algún modo querían mantener en su posición modesta la prominente oferta de su cola. Los putos animales que deambulaban por todas partes defendiendo el derecho de sus billeteras. A la final ella era uno de ellos. Pero había clases de clases; la clase de los perros que ladraban al que c-sale de la clase de los amos o los protectores; pero si eran ferales sabían meter el rabo entre las piernas y decirles, fresco, yo sé de qué va la cosa. Igual que los señores aquellos, tan respetables, con kepis de cartilla la alegría de leer  y sus popos pidiéndo mano a la cintura que cuando iba solo se ponían en la cara esa actitud de ¿qué se pudrió? 
-        ¿Entonces?
-        Tu fuiste culpable
-        ¡Ah, si!
-        No supiste ver debajo de los hábitos.
     Se miraban a los ojos y  sus ascuas crepitaban al unísono con una violencia que disfrutaba cada chispa eliminada de hito en hito. Le había puesto su fachada como el adolescente que pone las almohadas a modo de cuerpo para escaparse por la ventana. Ahora estaba acurrucado en un rincón de flores y espinas; sufría, espiaba y calculaba. El muro y la rampa. La regla y el atajo.
-        Bueno, pues, tú eres el sabio. Perdón, el conocedor.
-        La pobre monjita boqueaba desesperada del aire de la superficie; tu tiburón estaba feliz en el cieno.
-        Y además limpiaba los vidrios.
-        Lo que indica que no era un escualo
     El reto era insoportable y se lo dejaba notar.
-        Me voy
-        Estas celosa
-        Pues sí, eso parece. Mírate -dejó que los ases de su lengua se metiesen entre las mangas de su consideración por la vía de las encías y se decidió a dejar crecer un gesto despectivo que volcó hacia los transeúntes- ¿quién quiere flirtear con un vagabundo, con un don nadie, con un sin un peso?
-        Si antes estábamos parler bizarre, ahora éste es un té-ma-malo 
-        Además no es tu clase
-        Pero es el amor.
     Y otra vez se vio agazapado en su rincón, recogiendo las flores que le entregó a su madre, la de ella, su hija, flores de necesidad; como si Dios necesitase adornar su cielo omni-sapiente.
-        Ja, deberías tocar algún fondo; a ver si te provoca tomar un rumbo.
-        Claro, igual que tu madre que quiso que tomásemos el rumbo invadiendo la orilla de un pantano lleno de zancudos, yo que ya había tocado el cielo de las mentiras.
-        Y por contra te tomaste un puente.
-        Pero, qué ¿me podrías acusar de ser un drogo, un alcohólico? 
-        Humm, esa sutil línea -parecía querer recalcar una zona obscura; como la sangre lavada del delito que dejan ver ciertas químicas- Tu principio de realidad.
-        Yo creía en las instituciones y en la justicia. Ella era el amor.
-        El amor filosófico; el que todos buscan. Ese amor no existe.
-        Exacto
-        Exacto, qué...
     Volvió a su rincón de rosas y espinas. Esa vez de la escalera haciendo cualquier clase de mantenimiento a los cielos de los tejados. Los cielos los tenemos bien limpios en su tachonado de estrellas, en su mapa perfectamente seguro de que puede estar equivocado; que pueden existir más realidades de las que imaginamos. Lo que hay que procurar es por limpiar de la mierda a esos anos del vacío, del más allá. Enjuagar el sudor de los espacios siderales aunque hayamos puesto telescopios y satélites, esos espejismos. Papi lindo, no te vayas a caer. Puso sus pechos precoces contra el dorso de la mano aferrada a la escalera. Se notaba que la sangre estaba haciendo guerra a los sentidos. Hubiera sido preferible, en lugar de explicarle que eran cosas difíciles, haber hecho lo mismo que con la tía, hace tanto; esos vínculos tan cercanos en el tiempo que hacen que una tía no sea muy mayor que su sobrino: Mira, ésta es la muñeca; aquí estás tú; la muñeca no tiene nada entre las piernas, tú sí. Adolescentes. Despachó la obligación del mistagogo con una pobre explicación. Un lindo roce de cuerpos; adiós, que te vaya bien con los misterios. En cambio, toda vez que los mistagogos sólo habían aprovechado el palio y la estola para dar, los timoratos, una imagen de un mundo lleno de exigencias que los vasos de la sangre no podían contener, y los avisados una lotería terrorífica cuyo premio no podían compartir.  Otros, muchos otros, habían ya, lo mismo que la moda al uso y el vaho de los decires, derogado la ley por la cual el misterio era lo que era, misterio. Los genes rezanderos, perdón, los genes recesivos, le había dicho. No obstante, derogada la norma, no estaba derogada la ley ¿o al contrario? Y ahí estaban los políticos, es decir, esa pobre especie trepadora de los críticos.
Según todo aquello, ella todavía pensaba en el amor filosófico. Mantener la horma. Pero igual que todos los niños quieren poseer a su madre, las niñas quieren enamorar a su padre.
-        Exacto, que no entiendes lo que yo tampoco y no quieres ayudarme con mi miedo.
-        Hay que ser prácticos.
-        Desde luego
-        No me hagas caso. Es sólo que me dueles y, así como tu me dabas de nalgadas cuando hacía travesuras yo quiero aleccionarte...
-        Pero vuelvo.

     Ahora podía recorrer todo el trecho. Como dicen, que en los  momentos previos a la muerte uno ve pasar su vida entera con pelos y señales, con yerros y aciertos, los problemas y sus soluciones, pero ya no hay vuelta atrás, game over, eso prefería. Pudo recordar como empezó. Las imágenes se entremezclaban en un vértigo paralizante ¿y si realmente estuviera ya muerto?
                     -  Buenas tardes, caballero. ¿Con bolsa o sin bolsa?
     Esta no era una de aquellas superficies de estilo rugoso y enigmàtico. La guerra de vender contra la guerra de reputarse. No era como la novedosa marca ANA (Anonymous Naughtys Asociated); nada de fraternizar con nuestros clientes. Nosotros le damos barato, usted no pregunta, usted no se inquieta, tenemos respaldo. Pero todos quieren con ANA, en la radio y la televisión Y pensar que en las superficies reputadas solo cambiaba la cabeza gacha por el dedo parado y el desprecio cínico. Era igual que con los usos de la dicha: Las clases bajas dejan brotar sus instintos animales con los niños; en las clases altas existían complejos rituales de seducción. Tenía un amigo que a veces se iba con él a emborracharse debajo del puente; lo habían despedido de un prestigioso diario por investigar y tratar de denunciar las redes pedófilas de ciertos dirigentes.
                    -   Parece que le gusta mucho la avena
                    -   Bueno, gustarme; ¿a usted le gusta sentarse a cazar pispirispis en el retrete?
-        Sólo pretendía ser amable
-        Y yo pretendía ser exacto; es decir, ir al grano -también tenía poco clara esa idea para la cual se producían ríos de tinta y por la cual se vendían miles de barriles de cerveza: Seducir. Esa ciega y sorda lucha del gusanito con la cuevita: qué quieres,qué vienes a hacer aquí; pero a la cuevita le excitaba que el gusanito empujase duro mas con tiento y estilo; el dilema de los dilemas.
-        Sí, ya veo – y había algo en esas dos miradas que se chocaban. Tal vez fuese una mezcla de lástima con curiosidad de niña que no terminaba de descifrar la chispa que brotaba de ese gesto adusto. Tal vez hubiese notado que se ponía sus mejores prendas para ir a comprar bagatelas. Quizás lo había visto alguna vez por ahí deambulando sucio y desastrado.

     Ahora rebobinaba la película. Eran dos versiones. La que él se imaginó y la que se seguía rodando en aquel local frío y lleno de imprecaciones y órdenes y súplicas. Perros, hijos de la cochina.. A callar, yonqui, o le meto la temblorosa. Oficial, déjeme llamar a mi mamá..
     Las rosas del parterre aquel frente a la mesa del café eran ahora costras de pintura de color caoba en sus manos. El maldito vigilante no tendría que haberlo visto acurrucado en el rincón rogándole a las espinas  portarse dóciles pues iban a acompañar un hermoso poema. El problema sería volver a hacerlo ¿a dónde caería en el forcejeo? Tan bello que hubiese sido poder incluir en la edición del rollo la escena de él fuera de la fila, pidiéndole excusas al cliente de turno: «quizás le guste el café y charlar un rato» mientras se chupaba la tibia y babosa yema bermeja de los dedos, con la mirada asombrada y risueña del respetable, y ya, allí, después de un rato, o bueno, que fuese dentro de ocho días, en la cafetería sencilla de la esquina, después de leer el poema, sin que los mirones o el maldito público que persigue a los famosos la fuesen a inhibir de el cerrar los ojos y abrir las piernas de la muñeca de la tía; le pidiese explicaciones o se hiciese rogar un poco y que en medio de los escarceos y las malicias, de las anécdotas y los chistes flojos «a que no te imaginas lo que me pasó en la puerta de tu trabajo...pues que entré», en medio de la corriente tibia de ese río, quedase claro, de modo tácito, que no era ninguna tonta; esas reputaciones de farándula que tenían que decir cuando la sombra de la privacidad y la confidencia les cobijaba «la de asquerosos huevos que me he tenido que tragar para poder estar en donde estoy» yo al menos, cuando abro las piernas es para gozar, y si se puede sacar partido, pues tanto mejor, para eso la naturaleza nos dotó de encantos; yo tengo mi dulzura y mi docilidad pero tengo mi carácter y tengo mi swing. Definitivamente tendría que estar muerto. Hasta que se dio cuenta. Entonces el fiambre podrido que había estado inflándose e inflándose mientras pasaban fotogramas y fotogramas y la rueda del carro de la mente se quedaba extática de la velocidad, explotó:
-          Hijos de la gran puta, malparidos, malditos bastardos de mierda –y la voz quebrada de un niño dando aullidos por cuyos ojos brotaban chorros de salada marisma-; la perra maldita de tu madre que me arrebató mi pequeño mundo, mi pequeña fortaleza. Mis retoños, mi fuente de poder. Veinte putos años sin tocar pelo desde entonces y ahora que pensaba cortarme la coleta vienen estos cabrones a cagárseme encima...-y la tempestad que mecía ese viejo barco ebrio no pensaba un poco en Vergüenza, esa puta sin clientela, ni se compadecía como para arriar las velas a barlovento y recoger esos pobres mocos huérfanos-  
-          Tranquila, tranquila, señorita. Vamos a levantar los cargos; tome, llèvese las flores y los papeles junto con su papá a un hospital –el cuerpo del delito que rezaba-

«Eso que dicen de usted las comisuras de sus labios
Y que confirma tan bien en sus ojos un relámpago
Sin que la lengua pueda ser llevada al banquillo
Y sin embargo, convicta de látigo,
Deleite, Ley y élite paladeando el fiasco,
antiquísima miseria del tiempo que explica
la humildad de oriente
tantos ladrillos cocidos para albergar un flato
Moral,

» Su frente, esa página de pentagrama
Donde escribe su música el afán del día
Mientras sus manos enhebran la aguja
En la máquina de moler moneda,
Ese altar que usted administra
Y al que señoras y señores llevan su ofrenda
y paran el dedo y los modales [ciega
mientras en sus interiores se eleva
el vaho de las confusiones
y la plegaria premia con dicha diferida:
miles de bagatelas y estremecimientos
que se deslíen en la boca del anhelo
alimento, ay, esto no era lo que quería.

»Vengan, vengan, hijos del siglo por venir
Vengan a deconstruir
El nuevo perdido signo de la belleza
Losa por losa trasladen
Los antiguos racimos de la sangre
A punto de explotar en labios y mejillas
Hasta el reververar de desierto[de las niñas
Oasis y espejismo como las huellas
De un espectro huyendo de la luz de la vela
Los pasos del sismo inscritos en la carretera
De la ilusión del amor, no,
No de la verdad de la piedra
La vida en sazón pescando
En la otra orilla de la calavera»





 







sábado, 9 de junio de 2018

SEÑORA LÓGICA



Para qué, señora Lógica, para qué
voy a preguntarle de lo que acontece
en sus ámbitos particulares
por más que sean mutuos, nada allá,
del significante y sus trampas
en este cuenco de aire
al que le hemos puesto sótano y tarima.

Para qué, si usted diría ¡sucesos!
que nada tienen que ver con su malicia
privados a-cae-cimientos.

Para qué voy a preguntarle si es por la música
que surge de entre mis sueños.

Para qué, si para mí es su ángel travieso, pequeño
más no inocente; que se planta de cuclillas y se orina
sobre mi tumba iluminada y con camastro,
con chicas de Internet que hacen cochinadas,
con rabias de duendes incluidas.

Para qué, si esta tristeza es rehén de un asaltante de bancos
emberracado con mi talante vigilante [en la web profunda
pues aún no le abre el arca triclave, para qué.

Para qué, señora Lógica, le voy a mostrar la carta
que amaneció ahí ahogada entre el reguero;
para qué si usted es tan inteligente
que podríamos entre los dos persuadirnos
de que eso no es poesía, es un artificio
y usted no consentiría que es una flor
nacida en un meadero del mismo modo
como yo tampoco aceptaría
que usted, comprándola, se ganó la lotería
pero fue Jehová que le premió su oficio.

jueves, 7 de junio de 2018

DESFOGANDO CASA DE MÁQUINAS



Había por ahí un adagio, descuidado pero sabio, de esos que dicen, por ejemplo: bendito sea el pavimento por donde pasa este monumento, acaso con la secreta esperanza de que una mínima probabilidad de que, aún no encendida la chispa de la simpatía en las miradas, responda: Y ¿cuando ha visto un monumento caminando?... "Quien lee vive mil vidas en una, quien no lee solo vive una y aburrida"...
El caso es que por aquellos días nos habíamos tomado una de esa mezclas explosivas y casi que fatales; nos pusimos a leer en simultánea La máquina de follar, Mil mesetas (capitalismo y esquizofrenia), Justine y Juliette y, para completar, el absurdo y denso La estrella de ratner. Como es de esperar el camino más arduo era el de recorrer ese dechado teorético creado por Deleuze y Guatari y, como estamos convencidos de que además de ejecutar el acto mediante el cual los ojos devoran la chispa consignada en las letras, también leemos en el sueño,  y esto como un acto de adelantados que, dueños de un secreto por el cual toda esa obra y todas las obras del lenguaje, de la filosofía, de la política, antes de posar nuestro entendimiento en esa chagra de renglones sembrados, ya nuestro espíritu ha hecho un recorrido previo, no de la obra completa, sino que, en ese otro ámbito donde el agenciamiento del ser en el espejo del absoluto, para el cual el sueño es el único espejo soportable pues de lo contrario se vería abocado a la destrucción de lo sólido en que se conservan órganos y cuerpo como fuerza ralentizada en el tiempo, obviamente, la estabilidad psíquica se vio estremecida y todo el sistema atacado por tan contradictoria senda de discursos. la máquina de follar sólo podía ser el simpático y ya superado perorar estético de un tipo cuyas fuerzas reales sabía contrastar bien con las fuerzas posibles más no probables y que en el inconsciente colectivo se mantenían con un sello de calidad equívoco; el marqués de Sade ya era contrastado por el imaginario popular como esa pobre inteligencia que vivió en una época que no le podía entender ni aceptar, y la Estrella de ratner sólo se podía asimilar como el esfuerzo tenaz pero intrascendente de una inteligencia lúcida y una original concepción estética que en la cabeza de Don de Lillo quiso contrastar la belleza del discurso con la de la matemática.

Estaba muy bien para los intelectos nutridos y bien pagados de sí y de la sociedad que toda aquella parafernalia de abstracciones lingüísticas, de sinuosidades de la historia de la inteligencia que escarbaba en todo el acervo de la enciclopedia, era admirable aunque de muy difícil seguimiento todo aquello de las máquinas abstractas, las estratificaciones del concepto que, a fuerza de vueltas y revueltas, es capaz de contrastar y volver todas las fuerzas posibles de la vida, de la química, de la geología, de la política, de las pasiones, tal que, por ejemplo, para un químico a quien se le hable de polímeros, sabrá defenderse muy bien con toda la conceptualización de niveles de energía, de la sencillez de entender que esas moléculas de tamaño grandioso y que han hecho casi que toda la síntesis de la plástica tanto como ciencia y como metáfora y que ellas, las grandiosas moléculas vienen desde otras más pequeñas, más ínfimas, más sutiles. los monómeros, que, en la vida monda y lironda de los almidones, de las grasas y otros compuestos tienen, digamos la fábrica de hacer la presa de la vida, no va a entender mucho de lo que pretende esta obra que, a nuestro parecer, no ha hecho más que tirarnos de la lengua y que claro, será por mucho tiempo una forma de interlocutar de científicos, de filósofos, de artistas, de psiquiatras que seguramente sabrán oponer alguna clase de reticencia a la definición que me ha dado una loca ésta mañana (cuanto nos gustaría llamarla clochardé cortazariana, de esas que toman vino y soplan crack y conversan y enseñan más que ciertos pedantes pero que sólo es una pobre zarrapastrosa) acerca de la locura: Pasa recogiendo ramas secas y botellas de pet y artículos sin ningún valor de los que se deshace cada noche en su madriguera; cuando pasa por nuestro lado, ella que sabe preguntar la hora y articular frases sencillas y coherentes, recoge una esponjilla de lavaplatos, esa proliferación simbólica que no alcanza a ser plusvalía por no tener medios de contraste, esa es la locura. 

Pero que un científico molecular que desarrolla una tesis doctoral a partir de los conceptos de estrato y agenciamiento contrastando la geología con la búsqueda de nuevas sustancias que sirvan para tratar enfermedades como el cáncer o para inventar nuevos compuestos para nuevos inventos, no se compara en sensación de felicidad de estar en el camino apropiado cuando, la noche siguiente a terminar el libro, en el dintel de la habitación (tengo una cortina de velo que separa el cuarto de la sala de ropas. Aún esa abstracción llamada alma respeta el constructo de eras y eras de estratificación de la fuerza llamado cuerpo), aún encostrada de negra y mantecosa tierra, una monedita de diez centavos de hace cuarenta o cincuenta años apareció a nuestros pies. Ojalá que el agua del lavaplatos en que eché, para comprobar qué objeto era, el pequeño cúmulo de testigos que unas uñas inconcebibles arrancaron no me haya quitado parte del valor que doy a tamaño suceso.