domingo, 11 de marzo de 2012

SOPA DE PROSA CON TUÉTANO DE POESÍA
O RIZZOTO DE POESÍA A LA PROSA

La niña se sentó en la vereda con el candor y el estilo de sus tres años. A su espalda un poeta tras la puerta cerrada pero con un ala enrejada abierta leía en el espejo que colgaba de la pared frente a él; leía el contraste  de ver reflejado en su centro el retablo con un afiche de Mahatma Gandhi  que reza al pié:
“Nada nos apartará
De nuestros fines
Ni de nuestros principios
Nuestra meta tiene por fin
La amistad con todo el mundo”
en los extremos del espejo, insertos en hilos que tejidos en trama horizontal y vertical hacen de marco y sostén, los retratos de sus hijos le antojan la paradoja: el siniestro lado relativo del lado del corazón lo ocupa su retoño femenino; el diestro relativo lo ocupa su heredero masculino; pero para que el aserto se cumpla el observador tendría que darle la espalda a lo visto; lo cierto es que el desamor y el desprecio que ha visto de ellos ha sido real y mucho. La teoría cuántica de tiempos fractales le podría dar algún consuelo pero la fractura del corazón le hace erguirse y asirse de los barrotes de su puerta-ventana; allí es cuando descubre la niña: intenta torpemente insertar de nuevo la sandalia en su pié izquierdo con el cierre de la hebilla puesto en la medida de su tobillo. Su motricidad fina ni siquiera le permite entrar en el hueco de la correa, pero al segundo o tercer intento parece meditar un poco; da un pequeño paseo visual  y táctil sobre el entramado de pequeños abalorios de colores que el calzado tiene adosado al empeine; se detiene a sintonizar las frecuencias redondas de un abalorio rojo, luego de uno amarillo y por último de uno café; no ve que el poeta le observa –quizás lo ignora-; coge el extremo de la correa  y abre con toda la extensión de sus dedos el espacio que aprisiona el pestillo de la hebilla en su orificio, pero no llega a extender la abertura. El poeta ante tal juego barr-(o)-unta: rojo pasión, amarillo sol, oro, café de cosas tostadas, fe perdida de lo que todo sea (c-a-fe). La niña es una niña abandonada y puesta por el Estado en custodia, junto con otros, de una madre comunitaria. El color del cuero de la sandalia es de un color aguamarina o turquesa precioso por lo vivo de su poco uso.
  Todos por principio somos un "Don Nadie”, excepto por el DON; pero el Don no es algo que se pueda hacer tangible antes de tener conciencia de causa y efecto y antes de que la conciencia nos dicte que hay una relación entre ley y necesidad. En cambio, tratamos de hacernos “alguien” con la gran mentira de lo que nos apropiamos. Finalmente, somos lo que los demás nos otorgan. El poeta piensa todo aquello al tenor de sus dolores más íntimos: alguien que no se sabía Don Nadie sino que se lo pensaba porque aún no creía que el Don fuera ese algo maravilloso por el cual entramos en relación de amor con la armonía del universo sin importar lo que los contrastes de apariencias sino lo que de esencia a cada uno nos toca y compartimos -a veces por simple carambola azarosa de un destino que no tiene que ver con las historias redondas que pueden hacer los novelistas, pero si con la Historia que la vida va tejiendo al rededor de su huso más elemental: el amor-; pero si nos pensamos  Don Nadie, buscamos alguien que haya logrado hacerse una máscara de alguien y en ella nos refugiamos bajo la disculpa del amor; es lo que hace la mayoría: se entregan en un vasallaje concertado; las más de las veces se negocian unas relaciones de dominio con cláusulas de conveniencia, pero muy escasamente tenemos la sabiduría y la paciencia necesarias para esperar que el Don y ese particular bichito que luego de su picada enloquece con la locura más fascinante que pueda tener ser alguno, se encuentren. Ese alguien se creyó que quien le hacía objeto de su interés era un “alguien” y que sus más caros anhelos: tener una familia, ejercer domino sobre la leña del hogar, establecer la fachada de su guarida según sus muy particulares formas de ver el mundo y poner la posibilidad de ser “Don Nadies” reconocidos por los otros, eran simple asunto de fórmula y que, finalmente la guerra interior que todos tenemos se traslada a un campo enemigo con el que se comparte el lecho cada noche, cuando en realidad la guerra interior era un bello intercambio de despojos que se convirtiesen cada noche en botín y armas que llevar al campo de batalla de cada día. Cuando ese alguien vio que aquel era un auténtico don nadie, entonces prefirió hacerse con el botín de la prole y dedicarse a ejercer su torpe voluntad de dominio con la esperanza de que la armonía llegara como producto de una jugada fríamente calculada ¡qué equivocada estaba!  
  «Estoy en-fer-ma. Sufro el síndrome de esto-como» piensa el poeta. En realidad está diciendo: «Estoy en Fergie Marianne. Y no es síndrome de Estocolmo». Igual podría ser María Fernanda y a decir verdad es su carcelero quien se ha enamorado de su prisionero. Pero es que el secuestrador es niño(a) y ¿hay acaso alguien más sincero y más inteligente para aplicar sus fantasías que un niño?
  Se dice que no hay nada más atrevido que la ignorancia y en este caso la ironía es por partida doble, pues todos los que reparten habladurías son los que aplican aquel refrán tan popular y no lo saben aplicar a su propia circunstancia, pues cuando hablan de supuestas influencias de Súcubos  e Incubos están aplicando sus mismos retardos evolutivos en una idea medieval y, suponiendo que sea cierto que cuando las creencias forman parte del acervo cultural de una comunidad tales creencias adquieren el carácter de verdad, no son capaces de llegar a la conclusión que por vía de psicoanálisis: Súcubo = e(s)o-bu-(s-)co, que es simplemente la abstrusa búsqueda del inconsciente de esa obscura idea por la cual los rendimientos libidinales que tienen asiento en lo femenino se invisten de un halo maligno; por contraste, el in-cubo está ya inserto en el cubo protector (léase dominio), al igual que su patrono particular: Asmodeo, sólo es: más-deseo. Ahora bien, suponiendo que el silogismo lógico que predicaría que tendría que ser un tonto para hacer concesiones a mi enemigo fuese aplicable, sería de más peso y validez la premisa según la cual el perdón es la más auténtica fuente de verdadero amor. Si aquel alguien que dilapidó su auténtica belleza (la interior) y su armonía (la salud de mente y cuerpo) por ir tras sus egoísmos cobardes se transfiere a ese ser lleno de juventud y que por todos sus poros exuda la fresca fuerza de la vida, que aún puede comprender que la belleza de ser alguien no nos la dan del todo los otros y en cambio nos pueden quitar el Don y si es cierto que esa infantil fantasía se encontró en los caminos insondables de lo que la ciencia llama fractalidades con un espejo que nunca pretendió reflejar nada más que lo que era posible, ¿por qué no darle la categoría de un merecimiento? pues si las marchas triunfales fueron definitivamente derrotadas por la dura lucha de la vida, no lo tiene por que ser el sosiego de alguien que entiende lo elemental de morir viviendo.
   La niña al fin entendió que era mejor camino descorrer el pin de la correa para meter el pie de nuevo en la sandalia; en ese instante el poeta se percató de que la correa era del mismo color del tirante que hace unos instantes había lucido el hombro desnudo de su púber hermana sustituta.

Villamaría, día de San Valentín 2012   
LA DISPUTA

Como por aquellos días Villa Peach Ant’s padecía de una terrible inercia debida a la reciente elección de alcalde, con lo cual el reacomodamiento de fuerzas, de dádivas, de tráfico de influencias, de auscultamientos del terreno –y también de ocultamientos de áreas de manejos malamente intervenidos o difícilmente encubribles antes de entregar el poder- ponía al pueblo a revolar como chapolas en torno al candil, Eugenio Montefrío se prometió darse una pasada –o cuantas fuesen necesarias-  por el Concejo Municipal; no sólo para gozarse de las vulgares y socarronas formas de repartirse las tajadas del pastel burocrático, sino también para presionar que reabrieran el Jardín de las Mi-(h)adas donde vegetaba su sobrino; y las bibliotecas, y los programas para la tercera edad y los proyectos de arte y cultura y...; pero antes debía ir de nuevo al hospital.
    —Entonces hoy no hay al lado mucho movimiento de GOMERS, doctora.
GOMER era el snob modo de copiar la inteligencia americana que significaba: Get Out Of  My Emergency Room y que simplemente designaba el modo en que los más inteligentes médicos se deshacían del trabajo enviando a sus pacientes a casa con una aspirina para poder disfrutar de la más cachondas noches, colegas y enfermeras; o en últimas a otra sección.
Había alcanzado a fijarse en las paredes recién pintadas y las nuevas des-organizaciones de muebles, oficinas, salas de espera, antes de pensar en el infierno y antes de notar la ausencia de Queruby.
Tuvo ganas de responder por la bella doctora de rostro virginal –góticamente virginal por la palidez-: «Quedaría mejor para GOMER: “Gánate Otra Mano de Mierda En tu Recto»; en cambio, al verla sentada en el escritorio en una ambigua pose de goce y tedio, escribiendo con la mano que dicen pertenece a los muy inteligentes, dijo (pensando el muy torpe en el Dr. House. Hubiese pensado digamos en Popeye el Marino o en Pelle “El Conquistador”, pero House; ¡bah, si la casa siempre está ardiendo de realismos fantásticos!):
  — ¿Acaso debo inferir, doctora, que hace usted las labores de secretaria? y de ser así, ¿a qué secreta-aria pertenece tal nobleza?
  —No, no señor. No debe inferir con tanta prisa­- Dijo con la altivez característica de los médicos, y eso que esta era odontóloga.
Decían que el piso inferior era el infierno (y eso que muy pocos oían del sótano): Alta tasa de mortalidad; inventarios paralelos de insumos, operaciones no autorizadas. «Pero si miramos el asunto desde el mero punto de vista arquitectónico, todo infierno debe tener su escalera de incendios », se dijo con ironía, al fin y al cabo la particular topografía del terreno era la que le había dado aquella configuración tan irónicamente metafórica de las jerarquías: Abajo los desgraciados que se situaban en el área de “pacientes delicados” (los protocolos clasificadores no permitían llamar cuidados intensivos a aquel pobre refugio de primer nivel de complejidad) y salas de pequeña cirugía;  en el medio la pobre burguesía de estadísticas, higiene oral, consulta externa y arriba en una mixtura tan cómica pero tan atinada: Los potentados que con intrigas e influencias reinaban con deleite en el área de urgencias  y el área de cuidados transitorios que consistía simplemente en espacios separados por biombos de las áreas de gineco-obstetricia, odontología y lactantes.
   — No. Están haciendo “vaca” para esta noche
Casi no pudo reprimir al tenderse, una carcajada histérica. Abrió la boca y empezó a recorrer el cielo raso con esforzados desvíos de reojo. La doctora escarbaba muy cerca en un gabinete de instrumental. Se alcanzaba a vislumbrar un pequeño arco de haz azul de la nalga; es decir, de la tela azul del uniforme en la nalga. Pensó en el sentimiento de lo inerme. Las prostitutas que se tienden ¿pensarán qué es más incómodo: abrir la boca o las piernas? Todo depende; la mayoría de las veces abrir la boca representa un aumento de la plusvalía. «Ese brillo en sus ojos». Invertía buenas raciones de fracción de segundo para revisar ese par de brillos sin expresión que tenía a centímetros. La doctora Ana y el doctor Jhon Winded; algo así como Juan Ventiado. Pero qué va; era un hombre centrado y sereno. Ella, Ana; nada especial, ni el nombre. Pero ana era una palabra importante en griego, y complicada. Algo así como lo top. Ellos pertenecían ahora a esa clase de los aplicados, de los tranquilos, de los que no refutan, de los que no cuestionan; esta noche irían a pasar a formar parte, por un rato, de la clase de los putos, de los rebeldes, de los que no tragan entero: “Ah, que te duele todo. Que quieres morirte. Que estas aquí por que no eres capaz de decir de frente y sin pasar por frívolo ni que te den la limosna de la lástima, que necesitas consuelo; que este mundo es un mundo hijueputa. Ah, no, no; si no te mimaron tus papaítos, pues muy de malas, nosotros ya lamimos suelas y comimos mierda suficiente”  Era el intercambio de papeles cotidiano que no tenía en cuenta esta pequeña maqueta de las jerarquías. La otra, la real, la de los grandes putos de delicados lenguajes, recios modales y buenas chequeras (con amuletos de buenas gónadas guardados en la secreta), la habían desperdiciado, o se les había pasado por en medio de las piernas, en la universidad cuando la premisa clave de que hay que ser rebelde, emputecerse, destapar, refutar, quitar, tenía, como todo producto de éxito, su ingrediente secreto (irónica e inversamente, el aguardiente de col tan famoso en la localidad y allende las fronteras, tenía como ingrediente secreto el sudor de pies; pero no era que publicitaran entre las gentes que se dejaran crecer unas pecuecas soberanas para comprar calcetines por toneladas, sino que una cepa especial cultivada del fundador de la industria, fomentada y fermentada en un tipo especial de tela, se guardaba y aplicaba con celo desde el principio) y ellos, bueno, era como con las enfermeras: ellas podían ingresar al exclusivo club, pero no era que porque, como decía el Dr. House: “el hecho de que mi salchicha esté por la noche en tu panecito, no quiere decir que tu elijas qué y cómo haces conmigo” , si acaso conservar el puesto y un trato decente y digno.
Se imaginó como invitado a la fiesta de la noche:  «¿Acaso creen que Obama va a ser el mismo sin Osama pero con Nethan Yahu? ¡no es lo mismo un coño que recibe la descarga negativa que un coño y una polla que intercambian su voluntad de poderío! » y acaso no faltaría quien le replicara: «¡Ah, entonces porque la polla es negra va ser eternamente todo poderosa; los negros son los que más sufren cáncer de próstata!»
Se odió a sí mismo cuando percibió el ruido de la fresa: tzzzzzm, tzzzzzm. Haberse dejado infectar de la caries. Recordó el estribillo de la canción: ¡Agúzate, que te están velando! Pero no alcanzó a elucubrar el sentirse burlado porque ya el cielo raso lo había invadido de nuevo con el contraste de paredes relucientes de fresca pintura y aquellas hondonadas de canales de aluminio empaquetadas en caucho cristalizado y la gran mancha –casi ya imperceptible- seguramente producto de una explosión de pus y sangre de un absceso que algún gomer habría provocado. ¿Qué había al otro lado?, seguramente bichos, telarañas y un odio inmemorial de la luz. ¿Qué telarañas asintomáticas habría tras la doctorcita; acaso un papi autoritario y una inmensa pena por un pene?  Era el orgasmo del mal. Y ¡qué escasos los orgasmos del bien!. Todas esas acumulaciones interiores: de ignorancia, de negligencia, de tiranía, de ganas satisfechas de hacer lo que se nos antoje y pagar el impuesto de imprevisión...
Cuando se encontró de frente con los ojos de esmeralda y jade (para poder decir del verde o intenso y como el cuchilleo de jade de jadeo en ese brillo, no se puede decir que como de sapo en tomatera) de Queruby  -extraña mezcla de querubín, queer y rubí que un loco padre de las designaciones dio en el clavo de las atracciones-  le disparó a quemarropa: “Me pregunto si sabrá a qué me refiero si le pregunto si ese color de cabello es del tipo Abril Lavigne”  ella hizo un guiño malicioso e inquirió a su vez: “¿Gabin Davinci?”. “Ay, Querube, ¡una niñita que canta una canción!. So Complicated”. Juan Ventiado miró esta vez con un sutil recelo. Ana hizo temblar de un puntapié el biombo. Ante la expectación general se decidió esta vez  a imaginar que sacaba su tarro de espinacas;: “Oiga, Ana; ¿ha visto usted ese aviso de un camión repartidor que dice ¿Sabes de que tengo ganas?”. La mujer trinó por dentro; no sabía; pero si decía que no delataría su estado de ánimo; si reaccionaba perdería su compostura de autoridad. “Si, ¿y?”. Se acercó y le dijo al oído “Pues tengo un gran problema: No es moreno, no tiene puchecas lindas, pero ese Choco-ramo tengo ganas de comérmelo”. La mujer sonrió con delicadeza y como quien agarra por las orejas un pequeño conejito cortazariano, le agarró de una manga de la camisa y, sin alardes, le sacó del  área y abrió la puerta donde decía Rayos X. Se  bajó los panties y se acostó en la camilla: “Venga cómaselo. Si es que le fluye así de fácil y de rápido como le fluye su atrevimiento”. “Bueno, pero vamos con calma, preciosa”. Trató de acariciarla pero recibió un puñetazo  y aquello que se irguió desde las obscuras profundidades no fue precisamente un conejito saltarín. El diagnóstico fue delirio psicótico que le puso un año en el psiquiátrico.