miércoles, 28 de enero de 2026

 

UNA HISTORIA DE NOCHE VIEJA

 

¿Quién filmaría ese vídeo? Era un patio amplio en un ambiente mohíno, quizás campestre. La fogata estaba lista, en plena combustión de leña seca y liviana, lista para recibir los leños pero aún no se sabía cuál sería la vianda. Se adivinaba detrás un cobertizo. Y allí estaba él, recostado contra un auto, acaso un sedán de aquellos que últimamente estaba viendo con tanta frecuencia en el barrio, autos con hasta cuarenta años, relativamente bien cuidados; los más destacados eran más jóvenes, como  el de Amanda, que acaso sería un Mazda de aquellos cuando esa era una empresa que, con ese tipo que tenía opiniones muy particulares acerca del mundo y el universo como gerente, de apellido Isaza, competía con la Renault que producía carros baratos y finos pero ¿Qué puede ser fino para un hombre pobre en un terreno agreste? Mazda, en cambio, era caro y aparente, pero duraba más o menos lo mismo que el Renault porque sus conductores eran citadinos y mezquinos para usar sus privilegios.

Aquella mañana Amanda había dejado ver por la cuadra su auto rojo que pondría colorados a los Vilma Palma e vampiros la mañana del último día del año. Me sentí sorprendido, la verdad, de que la pobre mujer, que no por tener menos de cinco dedos de frente, antes bien, quizás por ser demasiado avispa en un mundo de abejas melíferas que tenían que lidiar con africanas, había tenido que resignar sus aspiraciones de graduarse en un instituto técnico para pobretones con arreos burgueses, todo merced a los auspicios de la secta gnóstica que dominaba el pueblo por haberse enamorado perdidamente de un ganapán con delirios de niño lindo; ahora, quizás, pensé, igual que Vladimir que, con su nombre eslavo se ha ido a Polonia a hacer vete tú a saber qué, éste se ha ido a Ucrania como mercenario y le ha mandado a la madrecita de sus dos pequeños con qué comprarse una cafetera de cinco o seis millones, amén de sus sacrificios en supermercados y gasolineras.

Y allí estaba él, con mirada ausente, viajando su mente  en la carretera invisible que formaban las llamas al devorar el oxígeno, ignorante de la cámara del celular que lo enfocaba con su estampa de “no me llames frijolero, pinche gringo puñetero” recostado contra un carrito cuya silueta entre la semipenumbra de nochevieja no permitía especular marca o modelo; la gorra de víscera echada hacia atrás, la panza prominente mostrando el ombligo, bermudas de esas que dejan ver el principio de la raya del culo y una barba espesa pero bien cuidada. 

Mientras la cámara se movía hacia la tía que esbozó un mohín desaprobatorio, junto a su marido y su hijo también absortos en la fogata, un ambiente como de expectación, de aburrimiento ¿Qué irá a ser la cena?, qué diferente de los otros festejos: música parrandera, torsos bamboleantes, sonrisas francas, vasos chocándose y gritos, bromas, euforia, recordó el mirón de pantalla que había logrado la hazaña de hornear lasaña después de que en pleno agite de la cuadra faltando escasas tres horas para el desenlace de tanta algarabía, la válvula del horno de la vieja estufa que había sido desmantelada a medias por que se había pegado, se salió de su nicho, lo que significó desmontar las hornillas y recuperar el espigo de la válvula e introducirlo de nuevo, con media botella de vino y tres cervezas en la cabeza. Menudo irresponsable, pero, vuelve y juega ”Mira, soy inteligente, te has dado cuenta, no mires atrás, no pretendas poner trampas ni ofrendas de veneración a los tentáculos del monstruo que has cercenado y sobre cuyos restos yo, he construido” la bendición de la inteligencia y el angelito que pese a la soledad, a la tristeza, a la rabia -¿Porqué no tomarse un café de vez en cuando sin necesidad de pronunciar el insulto o sacar el veneno introducido por esa madre bruja ignorante y pendenciera, o que la angelita que probablemente era la directora de escena dijese: puede venir el fin de semana a saludar a sus nietos?- no lo abandonaba.

Había quedado sabrosa la lasaña: pollo, cerdo, queso holandés, aceitunas, buena bechamel, finas hierbas... Aunque se estaba pegando por mala graduación del fuego. Y no tener a quien compartirle y recibir el pringonazo en el ego, ¡qué rica!

En ese preciso instante en que el regüeldo mental se asocia con la operación de las glándulas salivales, la cámara que empieza a entrar en la cocina donde una muchacha de pelo tinturado de color fucsia se empeña en su labor de lavaplatos, viene a la mente el cobertizo también en semipenumbra de cuando eran niños y había un hermoso pernil ahumándose colgado sobre la caneca en que se quemaba el serrín de la fábrica que cuidaban y dónde invitaban a niños del tugurio Villa cartón aledaño para comer ricas viandas por Navidad. El eco de la bodega amplificaba la música reproducida en un equipo chino barato: Jehtro Tull, Pink Floyd o Black Sabbath se alternaban con los villancicos y Lisandro Mesa, ay...

Hay en el fondo una sala donde tres o cuatro desconocidos parecen lidiar con el hastío. De paso, de soslayo se puede apreciar otro obeso en pantaloneta que se da vuelta en la cama como con rabia.

(Hasta había estado consultando con ChatGpt. Un hombre que sabe que su hijo está consultando un analista, cómo le gustaría poder participar, para bien o para mal de sus traumas y confusiones; tratar de ayudar a arreglar esa emocionalidad lastimada. Pero ¿y si va al analista para manejar un complejo de culpa? Él al menos había aprendido a adaptarse, participar de la comedia de engaños y estafas; ese otro apenas había logrado ser un romántico ingenuo que cree en la vida civilizada, en la resolución de conflictos por el diálogo y la razón… No, gracias)

Sólo fueron unos 40 segundos de película pero el corazón mirón pagó boleta muchas veces y muchas vidas e historias se contaron en silencio y entre lágrimas en ese corto lapso.