sábado, 8 de marzo de 2025

UN RATO

 UN RATO EN EL AYUNTAMIENTO DE UNA CIUDAD CUALQUIERA

Ella es linda. Pero ya sabemos que lo lindo tiene que ver con lindero. Para lo bello hay

que entrar al predio y averiguar por los precios. Se pone las manos en el bajo vientre

cuando sale de la oficina al pasillo para atender al visitante. (Qué significa aquel gesto,

pudor acaso, o esa insinuación masculina vulgar normalizada en las mujeres de

llevarse alguna mano al centro de las piernas cuando una situación sensual, erótica,

intensa les increpa). Ella está en el ayuntamiento de un pueblo de provincia, pero no

cualquier pueblo, es un pueblo que podría ser un barrio de una capital importante.

Total, no es ningún ayuntamiento de esos que están medrando al margen de los

poderes económicos, políticos, de conocimiento.

Ella estaba allá, detrás del parapeto que crujía aterradoramente cuando un usuario

apoyaba los codos con demasiada fuerza, como si le dijese, oye, anda con tiento,

descálzate del descaro que el terreno que pisas es sagrado. Ella ofrece una impresión

que pone a reñir lo lácteo de su producción de melanina con el rubio oxigenado de sus

cabellos bien cuidados aunque peinados de modo sencillo. Ella tiene una tendencia

muy común en las gentes de sensibilidad extrema muy poco acostumbradas al

autodominio. Así como cuando una periodista inteligente llega a un medio y la ponen a

dominar el acento para que no se adivine de que región viene. Curiosamente hay

muchos clientes para este tenderete de ventas de gobernabilidad y de mostraciones

del producto: lo que nos importa es la gente; lo que nos importa son los derechos

humanos: Personería Municipal.

Como la entrada es estrecha y el espacio de atención al usuario es exiguo hay que

mostrar que no se es un vulgar indolente atacado de exigencias al estado providencia

(aunque no es tal: ya hasta los más ignorantes saben que el asunto va de una rapiña de

leones con buitres, hienas , hasta que las poderosas y multitudinarias hormigas se

enzarzan en lucha cruenta con las diminutas por los restos para abono de sus

comunidades (ja, ja, ja, la hipérbole es muy desafortunada: las hormigas salvajes van

por los mendrugos grandes: un bote de pintura, una teja, un subsidio , un empleo para

afianzar el tejido de venta de servicios clandestinos). Pero hay pequeños focos que

claman por un poco de proteína: Justicia.

Ella está muy ocupada; de modo que el personaje sale al pasillo para que el ambiente

no se torne hostigante; y como el pasillo si es amplio y tiene vista de 360° pues se

descansa la vista y la ansiedad. Pero todo es anodino y soso: las hormigas de la

empresa de aseo llegando a su cuartel para terminar turno o rendir informes; las

reinas del panal de las diferentes dependencias exhibiendo sus más caros atributos en

función de salir de una oficina a otra, de cruzar, al frente, a lo lejos, al otro lado del

patio, una pierna sobre la otra para que el franco mirador apostado sobre la baranda

no enfoque su compás con tanto esfuerzo. Pero definitivamente es, al darse vuelta

para disimular el ser sorprendido, que allí, a dos metros, enseguida de la oficina que lo

hace esperar, como un símbolo sagrado, el aviso: DEPARTAMENTO JURÍDICO, en

letras rojas y grandes y debajo una vela votiva sobre la cornisa de la ventana; y

mientras mira y trata de hacer zoom sobre el objeto tan curioso que en todo el centro,

como el anillo de las setas en un día de verano que escurren como prepucio sobre el

glande colorado y seductor del sombrero, sólo que la vela no tiene sombrero, tiene

pabilo, pero no está encendido, piensa: Todo reino y todo cielo tienen que ser

ostentosos, mostrar boato, intimidar, sobrecoger, infundir respeto. Se acerca y resulta

que la vela votiva es una delicada y primorosa caña enana de bambú, verde, plena de

vida (o acaso sea de plástico que imita hoy tan bien lo real), sembrada sobre arena con

un mantillo de piedrecillas níveas a quien el devoto ha colocado un bonito anillo de

oro refulgente (es tan distinguible el oro para el conocedor del aparente goldfish) y, en

el preciso instante en que la mente quiere irse a imaginar la clase de amor de este

amante, acaso el director del departamento, acaso un amor grupal, de esos que hacen

de una causa su única empresa, cuando sale, como un celoso guardián que no necesita

uniforme ni dar detalle alguno, una diosa despampanante; su expresión es la de una

criatura caprichosa y mimada, su gesto de desdén de saberse venerada su ropa, escasa

–un topless de color ácido que resalta sus exuberantes pechos, una faldita ceñida de

cuadros que llega justo a dejar adivinar, no ver, la deliciosa frontera de las corvas- y

fina de marca pero de gusto vulgar –una falda escocesa que llegase a las rodillas y

dejase una abertura lateral hasta el mismo sitio descrito sería una expresión de gusto

y de clase-.

Y ahí está, justo en el momento de cruzarse los contradictorios conceptos de colegas y

antagonistas, ella. Mientras se acerca para dirigirle la palabra, pues allí, con las manos

delicadamente puestas sobre el vientre, su mirada le ha invitado ¿me necesita? , nota

que allá atrás, en el fondo, parada sobre el dintel de la puerta de la oficina, está la

personera que es a quien él solicita; junto está la ella otra , la rolliza hembra de bucles

vaporosos en su cabeza y unos remolinos de miedo en las caderas, a quien, una vez,

mucho tiempo atrás, con ocasión del Día de la Mujer, le espeto en la cara, en plena

calle, un piropo atrevido pero inteligente e incontestable, con el consiguiente

desplante ¿qué es lo que quiere? Los contrastes y el reino unido del poder; no, no el UK

sofisticado pletórico de la flema de los meandros lingüísticos y los melindres. La

personera es joven, cojea ligeramente y tiene un estilo cautivante por su sencillez que

no deja de mostrar inteligencia e inspirar respeto. Sólo podemos ofrecerle una gestión

de modo informativo para que el juez de la causa, puesto que ya le hemos gestionado un

amparo de pobreza y el consiguiente abogado, proporcione informes acerca del estado

del proceso. Usted sabe, la ley tiene sus procedimientos y sus términos. Es cierto que

usted está siendo abusado por gentes inescrupulosas y que como ciudadano de la tercera

edad debería tener un trato preferencial, pero nosotros no podemos hacer más.

Sí, ella era linda pero era una auxiliar y era joven y estaba tocando también las puertas

del poder sólo que con otras pretensiones. Pero era tierna y amable y tenía futuro en

ese vientre inspirador de machos competentes que pudiesen ajustarse a los requisitos

sociales para una vida de promoción y progreso de la familia, el Estado y la sociedad.

Entonces se fue con el peso de la incertidumbre encima y el dolor de la impotencia, no

de músculos o de órganos, sino de esa imposibilidad de las fórmulas y sus abusos. Y

ahí fue cuando se acordó de aquel otro personaje, ese si ahora impotente de un tal

Juan Justicia Arriba, mejor conocido como Jhon Updike y su atrevido Conejo. “Conejo

en paz”. Conejo tenía las venas llenas de grasa de pecana, de margarinas industriales,

de deliciosas mantequillas de maní y la mente rabiosa del rumbo que habían tomado

sus deliciosos y constantes orgasmos, cogiéndose a quien quisiera, incluso a su propia

nuera, la deliciosa aunque neurótica y medio bruta mujer de su hijo vago, vividor,

cocainómano y sospechoso de maricón por culpa del vicio, que ahora lo tenía al borde

de la quiebra. Así que empezó a consolarse un poco –consuelo absurdo y pusilánime-

de poder irse a aquel parque que le prodigaba tantas inquietudes y sensaciones que

estimulaban su mente con las travesuras de chiquillos y las actitudes de gentes y

mujeres aún plenas de humanidad y no, como el Conejo, con varios infartos encima y

todavía yendo a parques a rabiar y a esforzar lo que ya no podía; pero ¿no era

preferible infartarse o hacerse matar sacando de los cojones esa fuerza que todavía

tenía para poner a los abusadores, al puto abogado que parecía defender más a los

demandados que al demandante y al mundo en general que parecía estar

acariciándole las pelotas?